En su octava temporada en el Teatro Astros, la obra de Paula Marull encuentra en los juegos infantiles una manera de explorar los silencios, las pérdidas y las contradicciones del mundo adulto.
Por Julieta Strasberg | Entretechisme
¿Cuánto de lo que somos permanece escondido en aquellas tardes de infancia en las que parecía que no sucedía nada?
Hay obras que una ve, disfruta y recuerda. Y otras a las que necesita regresar cada tanto, como quien vuelve a una casa conocida. Eso me sucede con Yo no duermo la siesta y, en realidad, con todas las obras de las hermanas Marull. Necesito volver a verlas para abrazar la ternura y la poesía, también para reencontrarme con un teatro que no subestima las emociones ni la inteligencia del espectador.
En su octava temporada, Yo no duermo la siesta, escrita y dirigida por Paula Marull, demuestra que una historia aparentemente pequeña puede abordar asuntos complejos sin recurrir a grandes acontecimientos.
Natalí cruza la calle para pasar el día en casa de Rita. Los adultos intentan protegerla de una situación familiar difícil, aunque del otro lado tampoco las cosas están demasiado tranquilas. Mientras las niñas juegan, inventan y preguntan, van construyendo sus propias explicaciones para aquello que nadie termina de contarles.
Allí reside uno de los mayores aciertos dramatúrgicos: el conflicto se reconstruye a través de la mirada infantil. El espectador debe interpretar gestos, silencios y conversaciones fragmentadas, del mismo modo en que las protagonistas intentan comprender un mundo cuyas reglas todavía desconocen.
La siesta se convierte en un territorio donde lo absurdo y lo cotidiano conviven con naturalidad. Un tío trepado a un árbol, un perro muerto, una sirena con cola de lentejuelas y una motito que no arranca componen un universo que evita idealizar la infancia. Porque los chicos también conocen el miedo, las contradicciones y la incertidumbre, aunque todavía no tengan palabras para explicarlos.
El elenco, integrado por María Marull, Agustina Cabo, Luciana Grasso, Sandra Grandinetti, Marcelo Pozzi y William Prociuk, sostiene con precisión el equilibrio entre comedia y drama. Las actuaciones recuperan la espontaneidad de los juegos sin caer en la caricatura, mientras la dirección construye una tensión que crece casi imperceptiblemente.
La risa convive con el dolor: esa alternancia es uno de los mayores logros de la puesta. Marull también plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los silencios con los que los adultos intentan proteger a los niños terminan generando más incertidumbre?
La obra ha recibido importantes reconocimientos, entre ellos el Premio ARTEI a Obra Ganadora, una mención de honor del Fondo Nacional de las Artes y la nominación de Marcelo Pozzi al Premio Luisa Vehil como mejor actor de reparto.
Salí del teatro pensando en aquellas cosas que creíamos olvidadas: el ruido de un ventilador, las conversaciones que llegaban desde otra habitación, los zapatos de taco de mamá, una tarde interminable. Quizás por eso necesito volver a las Marull. Porque consiguen conmovernos sin imponer una emoción y hacernos reír incluso cuando sabemos que algo doloroso está por suceder.
Yo no duermo la siesta no propone regresar a una infancia idealizada. Nos enfrenta con aquello que entonces no comprendimos y que quizás todavía seguimos intentando descifrar.
Yo no duermo la siesta
Dramaturgia y dirección: Paula Marull.
Elenco: María Marull, Agustina Cabo, Luciana Grasso, Sandra Grandinetti, Marcelo Pozzi y William Prociuk.
Teatro Astros, CABA. Octava temporada. Lunes 20 h.