Las historias de Cecilia Reynoso y Carlos Fischer muestran cómo distintas herramientas pueden ampliar el acceso a la información y abrir nuevas posibilidades de autonomía para las personas ciegas y con baja visión.
Hay acciones cotidianas que parecen simples, pero que para las personas ciegas o con baja visión pueden requerir otras formas de acceso a la información: leer un cartel, reconocer un rostro, saber qué hay sobre una mesa, consultar un menú o simplemente mirar el cielo y construir una imagen propia de lo que está sucediendo alrededor.
Para las personas ciegas o con baja visión, la tecnología asistiva puede abrir nuevas formas de acceder a esa información. No reemplaza herramientas fundamentales como el braille, pero suma alternativas que pueden facilitar distintas actividades de la vida cotidiana.
Cecilia Reynoso, de 35 años, conoce de cerca ese proceso. Desde adolescente estuvo vinculada con la tecnología: sus padres la acercaron a las computadoras y, con el tiempo, esos recursos se convirtieron para ella en una vía de acceso al aprendizaje, la información, los viajes y la comunicación.
Cuando descubrió las posibilidades de las gafas inteligentes, le interesó especialmente poder acceder a información visual sin tener que sostener un teléfono y apuntar con la cámara cada vez que necesitaba saber algo. Conoció las Envision Glasses a través de distintas aplicaciones y, después de buscar dónde probarlas en Argentina, llegó a TecnoAyudas. Poder utilizarlas antes de decidir fue importante para ella: necesitaba comprobar cómo funcionaban en situaciones reales y si podían adaptarse a su manera de desenvolverse.
Las incorporó en enero de 2026 y continúa aprendiendo a utilizarlas y a formular las preguntas que le permiten aprovechar mejor sus posibilidades. Las usa para leer documentos, libros, menús y carteles; obtener información sobre lo que tiene delante mientras camina; reconocer colores, dinero y códigos QR; identificar objetos y personas, y también para consultar a través de inteligencia artificial cuando necesita ampliar o comprender algo.
Una de las posibilidades que más valora es recurrir a una persona de confianza cuando necesita una mirada externa. Pero también hay situaciones en las que las propias gafas le permiten resolver algo por sí misma.
“Ahora puedo mirar el mundo y tener mi autonomía de otra manera”, dice Cecilia.
Esa frase adquiere un significado particular cuando cuenta una experiencia que la marcó: el cielo. Durante mucho tiempo, para imaginar cómo estaba, dependía de la descripción de otras personas. Pero esas descripciones también podían incorporar la percepción de quien las hacía: si algo era lindo o feo, grande o pequeño. Con las gafas puede recibir información sobre lo que sucede y construir su propia percepción.
La diferencia, para ella, está justamente ahí. No se trata solamente de que alguien le diga cómo es algo, sino de contar con elementos que le permitan decidir qué significa para ella.
También aprendió que la inteligencia artificial no funciona de manera automática: hay que aprender a utilizarla y, sobre todo, a formular las preguntas adecuadas. Puede pedir una descripción de una escena, solicitar que se vuelva a leer una parte de un documento, pedir la explicación de un concepto, resumir información o buscar algo que está cerca.
La tecnología tampoco elimina la necesidad de pedir ayuda. En algunas situaciones, Cecilia puede recurrir a una persona de confianza para que vea aquello que ella está señalando. En otras, puede resolverlo con las funciones que tiene a disposición. Esa posibilidad de elegir también forma parte de su experiencia.
“Una vida diferente no necesariamente es una vida peor” es una de las ideas que atraviesan su experiencia. La tecnología no modifica su condición visual, pero sí puede ampliar algunas de las posibilidades que tiene para relacionarse con el entorno.
La historia de Carlos Fischer es diferente, pero también habla de continuidad. Tiene 72 años, es ciego y perdió su último resto visual hace aproximadamente 20 años. Los dispositivos de lectura le permitieron mantener el vínculo con la lectura y continuar accediendo a información.
Para las personas ciegas, el braille continúa siendo una herramienta fundamental. Las nuevas tecnologías pueden sumar otras formas de acceder a los libros y a los contenidos, especialmente cuando se adaptan a las necesidades y experiencias de cada usuario.
Son dos trayectorias diferentes que muestran que no existe una única manera de incorporar estas soluciones. Lo que resulta útil para una persona puede no serlo para otra, y su valor aparece cuando logra responder a una necesidad concreta.
En las historias de Cecilia y Carlos, TecnoAyudas también forma parte de ese proceso. En ambos casos, el vínculo entre ellos no se limita al acceso a un dispositivo, sino que incluye un acompañamiento orientado a encontrar soluciones que puedan integrarse a la vida cotidiana de cada persona. En el caso de Cecilia, el recorrido comenzó con la posibilidad de probar las gafas antes de decidir y continúa mientras aprende a utilizarlas y a sacarles mayor provecho. En el caso de Carlos, la tecnología asistiva le permitió sostener el acceso a la lectura a través de lectores.
“Hoy la tecnología asistiva nos permite pensar mucho más allá de un dispositivo. Lo importante es encontrar una solución que realmente tenga sentido para la persona, que pueda incorporarla a su vida cotidiana y que le permita hacer por sí misma aquello que antes dependía de otra persona”, explica Alejandra Scolari, directora de TecnoAyudas.
Desde 1994, la empresa acompaña la incorporación de distintas soluciones, desde lectores de pantalla y máquinas de lectura hasta dispositivos braille y herramientas que incorporan inteligencia artificial y realidad aumentada.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la tecnología asistiva como un conjunto de productos, sistemas y servicios que ayudan a mantener o mejorar la capacidad funcional de las personas. Incluye desde productos físicos hasta soluciones digitales y puede contribuir a la autonomía, la inclusión y la participación en actividades cotidianas. Según la OMS, más de 2.500 millones de personas necesitan actualmente uno o más productos de tecnología asistiva en el mundo, y esa cifra podría superar los 3.500 millones para 2050.
En el caso de las personas cuya pérdida visual no puede corregirse o revertirse, la OMS incluye entre las herramientas de rehabilitación el braille, el entrenamiento para la movilidad y las tecnologías digitales asistivas, junto con otros apoyos destinados a favorecer una movilidad independiente y segura.
Pero acceder a una tecnología no garantiza, por sí solo, que vaya a ser útil. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que hasta el 75% de los productos de apoyo pueden ser abandonados porque no cumplen con las necesidades reales de los usuarios. Entre las causas señala una provisión deficiente y la falta de asesoramiento profesional, ajuste personalizado, capacitación y seguimiento.
Por eso, el proceso no termina cuando una persona incorpora un dispositivo. Probarlo, aprender a utilizarlo, descubrir sus posibilidades y encontrar la manera de integrarlo a la vida cotidiana también forman parte del acceso efectivo a estas soluciones.
En las experiencias de Cecilia y Carlos, la tecnología no aparece como un fin en sí mismo, sino como una posibilidad más para decidir cómo resolver una situación: cuándo utilizar un dispositivo, cuándo recurrir a otra persona y cuándo combinar ambas opciones.
La autonomía no siempre significa hacer todo por cuenta propia. También significa poder elegir cuándo pedir ayuda y cuándo contar con recursos que permitan resolver una situación de manera independiente.
En definitiva, detrás de cada lector, dispositivo o aplicación no hay solamente una innovación tecnológica. Hay una posibilidad concreta de acceder a información, tomar decisiones y construir una relación más autónoma con el mundo.